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Menos ninjas (2): cogiendo postura para la (post)crisis

Lo malo de escribir lo que uno piensa es que a veces te leen (aunque la mayor parte de las respuestas acaben en redes sociales y no en el blog, como está mandado ;-)). Y va gente seria y bien documentada y pide que explique lo de “coger postura”. Lo que puede ser simple amabilidad, pero desde luego es imprudente.

Más que nada porque no tengo las ideas claras en ese terreno. Así que, si lo que sigue es caótico, la culpa es de quien él sabe.

Pistas

Para predecir la evolución de la economía (mayormente española), desde el punto de vista de un afectado, me parece que habría que tomar en cuenta cuatro referencias:

- La experiencia japonesa desde 1989. Ante la falta de decisión por parte de sus políticos, los bancos tardaron muchos años en empezar a tomarse en serio sus problemas de solvencia y de liquidez; incluso cuando lo hicieron (en parte, y ya en 2003) y se fusionaron entre sí, siguieron sin liquidez para financiar a sus clientes rentables y sin liquidar a los quebrados, lo que dañó muy seriamente la economía (la famosa “década perdida”, que se parece más a dos o tres). Pero lo que es más grave es que también destruyó el “pacto social” japonés de empleo de por vida, creando de paso dos estratos profesionales completamente distintos: los que siguen dentro de la maquinaria, con derechos adquiridos (y cada vez con mayor presión), y los que han sido expulsados o no han podido entrar, atrapados en contratos con muchas menos garantías y prestaciones, y obligados a buscar opciones de autoempleo. Un buen análisis sería éste (con especial atención a porqué hay mercados, como el inmobiliario, congelados… y las lecciones sobre la utilidad de los estímulos empleados). Este artículo menciona la aventura de Heizo Takenaka y cómo hicieron aflorar y liquidaron los activos tóxicos de los bancos, casi un 19% del PIB, gracias a lo que el crecimiento pudo recomenzar, más o menos. Más historias de terror sobre esa crisis: . Efecto sobre profesionales, que recuerda a la campaña actual de “vete a Alemania, joven español”. Efecto en el mercado laboral general (muy edulcorada). Y paralelo con crisis actual en USA (el paralelo indígena es demasiado fácil y ya he hablado de él).

- La experiencia báltica. Hace muy poco, tropezándose con una crisis demasiado parecida a ésta, los tres estados bálticos se dieron cuenta de que tenían un problema de competitividad salvaje: sus precios (y salarios) habían crecido adaptándose a la zona euro, pero su productividad no (a diferencia de Alemania, que llevaba años apretándose el cinturón ante la competencia internacional), y se encontraron con una crisis de liquidez (no podían pagar lo que debían). Y no podían devaluar su moneda. Así que devaluaron “internamente”. Durante dos años redujeron los costes de sus factores productivos (o sea, los salarios y los precios intermedios). Perdieron poder adquisitivo, aunque no tanto como se pudiera pensar. Pero lo crítico es cómo lo consiguieron: redujeron el gasto del Estado en casi un 10% del producto interior bruto (atención que no hablamos de cacahuetes) a base de recortar servicios y reformar la administración pública (atención de nuevo, que la segunda parte es crítica). Y eso, junto con consenso político y realismo ciudadano, llevó a la devaluación interna. En dos años, estaban estabilizados financieramente y creciendo. Sí, creciendo. Dos referencias: una digestible y una más seria sobre el mercado laboral (para nota).

- La evolución estadounidense. Aunque las diferencias entre ambos mercados son difíciles de exagerar, hay tendencias que se exportan… y las estamos notando. En EEUU, a partir de la penúltima oleada de “downsizing”, se ha consolidado lo que alguno llamó la “nación de los agentes libres”… y otros ven como el germen de organizaciones en red. En resumen, se está normalizando la colaboración entre organizaciones estables (grandes, medianas, pequeñas empresas) y proveedores independientes especializados, con frecuencia unipersonales. Esto se ve acelerado y consolidado por la aparición de servicios “en la nube” que hacen el papel de departamentos especializados, y de tecnologías que facilitan la colaboración remota entre equipos y con clientes. El efecto de todo esto es radical en muchas industrias, y especialmente en el desarrollo de software (la explosión de programas para iPhone, por ejemplo, es reflejo de esta plétora de pequeños productores). Pero también en cualquier mercado en el que realmente el conocimiento sea realmente la clave del valor aportado. Lo que es más interesante, estos “agentes libres” operan con frecuencia en un mercado mucho más abierto, y por tanto competitivo, que las empresas tradicionales: un desarrollo a medida hoy en día pone a competir españoles con británicos, polacos e hindostaníes diversos… y el precio resultante lo refleja. Esto significa que el valor creado es mucho mayor, y se traslada casi directamente a otras partes del mercado. Y no hace falta irse a ese terreno: siempre será más barato el precio si compiten ochenta (pequeños) que si compiten seis (grandes). Véase un par de ejemplos, de gama bastante alta. Y véase el tamaño: cuando se lanzó el “manifiesto”, más del 15% de la población de EEUU ya iba por libre. Y no hay que ir tan lejos: entre mis compañeros de clase del PDD del IESE hay un par que están montando su propio negocio de este modo, a otra escala y con pocos socios.

- La “frugalidad” como tecnología y modelo de negocio. En el último par de años estamos viendo como empresas e ideas surgidas en mercados presuntamente retrasados o en desarrollo tienen su impacto fuera. Tata y Mittal tienen márgenes como para comprar a empresas presuntamente consolidadas, y sacar beneficio de la racionalización. La banca telefónica africana, peculiar como ella sola, está obteniendo resultados. GE desarrolla escáneres de mano en la India que ya quisiéramos poder usar en Europa, porque son muchísimo más baratos. Los hospitales de Penang están haciendo operaciones a corazón abierto a una décima parte del coste medio en EEUU (que no es que sea barato, cierto) y calidad comparable (así tienen el turismo médico que tienen, que a diferencia del nuestro paga la factura). Dicho de otro modo, hay mucha, muchísima, grasa que eliminar en la forma en que hacemos las cosas en los países “desarrollados”, y en los procesos de negocio y fabricación. Sin mirar tan lejos, el “mittelstand” alemán sigue produciendo y exportando hasta a China, y lo hace porque sus niveles de calidad/precio son mejores que los de allí. No porque la calidad sea increíble, sino porque la eficiencia sí que lo es. En resumen: en los próximos años el foco va a estar no en añadir más prestaciones, sino en conseguir más o menos las mismas con mucho menor coste. Una buena referencia, y una predicción de su impacto (el Economist ha tratado muy bien este tema).

Lo que debería venir

La esperanza es lo último que se pierde, y a uno le gustaría ver un esfuerzo decidido y radical por parte del Banco de España por aflorar las cuentas reales de las entidades financieras, obligarles a provisionar la diferencia entre el valor de mercado y el valor “en libros” de su inmenso parque inmobiliario, obligarles también a liquidar esos activos (pasándolos a un “bad bank” o con fondos a la japonesa o… ), a buscar financiación privada (para cubrir su situación real de insolvencia)… o a asumir una nacionalización transitoria, pero rápida y eficiente. Y a llevar a los tribunales a los gestores irresponsables. Esto no sólo dejaría las cuentas de estas instituciones en unas condiciones mucho más sanas (lo que les permitiría prestar, y acabaría con la crisis “real” de golpe), sino que castigaría a los accionistas que han permitido que acaben así. Incluídas las fundaciones de Cajas de Ahorros. Como beneficio añadido, esto reduciría seriamente el precio de los pisos en todo el país, dejándolos en una relación razonable con los sueldos medios por primera vez en una década. Y para rematar, liberaría recursos públicos actualmente prestados a esas entidades (en lugar de eso, el Estado tendría acciones que podría vender).

A uno le gustaría también ver una reforma de la administración pública, en dos vertientes: una revisión radical del Estatuto del Empleado Público que coloque a los funcionarios (y las administraciones) en pie de igualdad con el sector privado en todos los aspectos, y una revisión de los procedimientos y herramientas de contratación pública que permita a las administraciones contratar lo que necesitan, cuando lo necesitan, y a los mejores precios disponibles. Esencialmente, sustituyendo el aborto de los “catálogos de patrimonio” con un sistema que garantice la transparencia en la generación y gestión de ofertas, eliminando otras cortapisas a la competencia. Con esas dos piezas en su sitio, y menos dinero para gastar, estoy seguro de que el resto de la reforma necesaria sería posible.

Lo que probablemente viene

Soñar es gratis, pero lo indispensable es pagar la cena. Y para éso hay que ponerse en lo peor, o al menos lo realista.

El caso báltico es peculiar, y no es fácil hacer lo mismo con una economía más grande… pero el objetivo del gobierno Cameron en Reino Unido no es muy distinto. La lección báltica, sin embargo, es que más vale hacer estas cosas pronto, de golpe, y de forma radical… y Cameron va despacio. Y tiene una lección adicional: se realizó en medio de un caos político curioso. Y es que cuando el problema es inevitable, hasta los políticos lo afrontan.

Sería mucho pedir que hubiera reforma del sector público, aunque es evidente que cualquier sector que pesa tanto en la economía (recauda y gasta más del 40% del PIB ya desde el 2006) no puede estar fuera de cualquier reajuste sensato. No sólo en salarios: en derechos (pensiones) y en número de empleos. Aquí podemos esperar una congelación de su número, consolidaciones o venta de alguna empresa participada… ojalá más.

Lo que podemos esperar aquí es un sistema financiero débil durante bastantes años, con un impacto serio sobre la demanda interna (es decir, poco crecimiento de la demanda privada interna), añadido a un entorno poco optimista en Europa y EEUU (es decir, falta de crecimiento de la demanda externa), y para rematar, consolidación fiscal más o menos rápida (reducción del gasto público directo). Esto, acompañado de reformas estructurales que faciliten tanto crear como destruir puestos de trabajo, y simplifiquen la contratación pública para abrirla a la competencia real: el sistema actual de “catálogo de Patrimonio” y requisitos para concurrir es… incomentable.

La reforma laboral consolidará lo que ya existe: una “primera clase” de empleados directos, personas cualificadas con sueldos medianamente serios, y una “segunda clase” de personas que trabajan a través de empresas intermediarias (no sólo ETTs) a tanto el kilo, con una cualificación baja (aunque no tan baja como algunos pensarían; simplemente, hay muchos) y salarios que impiden abordar la creación de una familia salvo con dos empleos y ayuda.

Las grandes empresas seguirán haciendo lo que hacen: añadir una enorme capa de costes a sus recursos productivos. Aunque resulte increíble, una (gran) empresa de servicios normal puede tener más de un 30% de costes indirectos. Es decir: después de pagar todo el coste salarial y de seguridad social, así como de los consumos de otros recursos usados, todavía tiene un 30% entre costes administrativos, comerciales, de gestión, de alojamiento o de informática y comunicaciones. Eso se refleja en el márgen que cargan a cliente por sus profesionales y sus servicios… y se transmite hasta el cliente final o el ciudadano contribuyente.

Sí, es posible que (algunas) con ese dinero innoven. Y sí, posiblemente son necesarias para gestionar proyectos complejos (pongamos, un censo electoral o un despliegue de TDT). Pero tienen un sobrecoste enorme, y lo van a reducir… echando gente, y también reduciendo el coste de la que quede dentro, como vienen haciendo.

A medida que adelgacen, serán rentables. Y también, con un poco de suerte, se crearán competidores (toda esa gente que sale) que les forzarán a traducir esa eficiencia en sus precios a cliente.

Sí, habrá gigantes, pero creo que veremos una explosión de firmas pequeñas y medianas en casi todos los sectores, y una descomposición de los procesos productivos… no tanto en “outsourcing” como en “coordinación de grupos de proveedores”. La industria automovilística, y la informática, son modelos de ésto (con sus lados buenos y malos).

Para los que vivamos en este entorno, habrá dos cosas clave: la cercanía al cliente, y la replicabilidad de nuestros servicios o productos. Cuando más difícil nos sea conseguir directamente un cliente (que pague el valor real de nuestro trabajo), más fácil será que nos explote una organización. Cuanto más replicables sean nuestros servicios, más nos explotará el cliente (directo o indirecto).

Para muchos, ser explotados (dentro de un orden) será la opción lógica o inevitable. Pero también la que más se arriesga a desperdiciar sus capacidades y su creatividad. Para los que puedan, romper la dependencia respecto a la organización intermediaria significará capturar mucho más de su propio valor.

En resumen

Siendo realistas, casi todos los trabajos requieren colaboración entre especialistas e incluso factores productivos, especialmente los industriales. El freelance puro es la especie más arriesgada del mundo en el sentido financiero. Lo que veremos no es una atomización, sino (probablemente) una división entre empresas grandes y consolidadas, muertas de hambre, y una economía cada vez más completa de empresas pequeñas y medianas mucho más eficientes. Al final, las grandes empezarán a usar a las nuevas para ganar flexibilidad, y se convertirán en parte del nuevo sistema.

Todo ésto depende de que la Administración se reforme. Si no lo hace, lo que tendremos es una pura y dura crisis de larga duración, según la tradición de los 80. Pero si se reforma, en lugar de una parada en la caída competitiva, tendremos la ocasión de evolucionar.

Con ganadores, con perdedores, y con menos salario para la mayoría. Porque resulta que tenemos que ganar menos si queremos competir con China. La clave está en conseguir que los precios de todo bajen también… o en ser tan productivos que realmente nos ganemos lo que queremos.

Como personas, y como país.

Y no quiero ni pensar en lo que pasará si no lo hacemos.

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