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Español, Gestión e innovación, Política

Menos ninjas y más claridad: sobre la crisis occidental y el capitalismo

Anoche una persona muy culta e inteligente me preguntó sobre lo que está pasando con Obama y la calificación de Standard & Poors, y cómo nos iba a afectar. Y luego me convenció de que escribiera ésto. Mis disculpas. Soy muy sensible a los ojos verdes de según quién, y tenía un rato libre.

(Más disculpas: a pesar de lo que pueda parecer, lo que sigue es una simplificación enorme, lo sé. Haré lo posible por ir incluyendo notas al pie si vuelvo a sacar un rato).

El primer paso es reconocer el problema…

Imagen (algo atrasada) cortesía de WorldMapper, mostrando los países por PIB corregido por PPP. O sea, por la riqueza que generaban. A día de hoy la foto es diferente.

Análisis comparativo entre economías occidentales y emergentes y su evolución, Agosto 2011. Cortesía de The Economist. Aviso: la gráfica no va a PPP sino a precio de mercado.

La raíz de esta crisis casi global no “nos viene de fuera” (solamente) ni son “los ninjas” inmobiliarios. Es la política, mantenida durante más de una década por los bancos centrales occidentales y los gobiernos que los respaldan, de hacer lo que sea necesario para “evitar una recesión” o incluso cualquier bajada en el ritmo de crecimiento o los índices de los mercados. Eso, y una serie de malas decisiones políticas.

Los bancos centrales de EEUU y la zona Euro han mantenido el acelerador pisado durante mucho tiempo por el método de bajar los tipos de interés todo lo posible (en este caso, “los tipos de interés” son los que los Bancos Centrales ofrecen al sector financiero, y que determinan el coste de los préstamos a terceros). Esto tiene dos consecuencias: la primera, que pedir un préstamos para lo que sea es más barato, lo que estimula el consumo. Esto hace que una hipoteca haya pasado del 17% de hace quince años en España, cuando yo las vendía, a menos del 4%, y que endeudarse resulte mucho más barato. La segunda, que al no poder invertir en liquidez (depósitos a plazo) con una rentabilidad decente, la gente tiene que invertir en otras cosas (pisos, metales, acciones, bonos…). Cuando digo “la gente” quiero decir “todo el mundo”. Y cuando todo el mundo se lía a invertir en unas cuantas cosas, el precio de estas cosas (pisos, materias primas, acciones) sube más allá de la demanda de consumo.

La suma de las dos cosas supone que los bancos han estado teniendo que pedirse prestado unos a otros para poder dar créditos (porque tienen menos depósitos) y se los han dado a personas con solvencia cada vez más baja y a empresas muchas veces especulativas (porque especular funcionaba) que han movido productos de precios inflados (porque si te cobran menos por financiar el piso, puedes pagar un piso más caro por el mismo esfuerzo mensual… que es el “precio” que realmente entendemos). El resultado ha sido una subida de los precios de esos productos y de los mercados financieros, con un crecimiento serio del endeudamiento de empresas y familias, y con una dependencia cada vez mayor de los bancos respecto al mercado monetario.

¿Lo malo? Que si te dedicas a inflar la rueda continuamente, la deformas. Y al final se pincha. La gente toma decisiones que Greenspan llamaría “exuberantes”, y los bancos españoles financian pisos que cuestan mucho más que lo que valen con hipotecas a tantos años que las heredarán los nietos… antes que decir que “no” o exigir una entrada seria al comprador.

Nadie ha estado ciego. Es mentira que el reventón de los precios en España haya sorprendido a nadie, o que las hipotecas basura hayan engañado a los bancos compradores. Olían a podrido desde este lado del Atlántico. Sencillamente, hemos estado jugando a “el último, tonto”, intentando exprimir el último euro del negocio y que el marrón se lo quede el último.

Y el que debía mantener el orden, de fiesta

Por el camino, los Estados se habían acostumbrado a los buenos tiempos (es decir, a los impuestos que recogían en tiempo de bonanza económica artificial). Algunos, como Alemania, siguieron con las reformas y políticas prudentes iniciadas por Schroeder. Otros como Francia e Italia fueron con más calma, dejando lo difícil para más adelante. En Gran Bretaña, Gordon Brown abandonó la prudencia fiscal en cuanto se deshizo de Blair. En EEUU, Bush Jr. decidió recortar los impuestos a lo grande, cargándose de golpe el superávit legado por Clinton. En España, Zapatero no tardó nada en comerse el superávit legado por Aznar, principalmente comprando a los barones regionales durante sus primeros años. En Irlanda, Islandia y Chipre, dejaron que sus minibancos se endeudaran hasta  niveles enormes y se alegraron de los nuevos ingresos. En Grecia pensaron que esto era Jauja y el dinero, gratis.

En resumen (y esto no es un análisis de ideologías), la solvencia de los Estados empezó a perjudicarse. Cada vez dependían más de que todo fuera bien para poder seguir pagando los compromisos adquiridos (en gastos internos y en pago de su propia deuda… porque casi todos los gobiernos mencionados vienen aumentando su deuda con el mercado año tras año desde hace muchos). Eso quiere decir que, como cualquier hipotecado, si les suben los tipos de interés… no pueden pagar lo que deben.

Y cuando uno de los mercados inflados artificialmente reventó, se derrumbó medio castillo de naipes.

Más difícil todavía: la cadena de los insolventes

Ese primer pinchazo fue el hundimiento de la estafa de las hipotecas basura titulizadas (los bancos concedían hipotecas de chiste a cualquiera, luego hacían paquetes diferenciando, en teoría, por calidades, y vendían los paquetes a inversores como si fueran un activo normal). Un día alguien gritó que el Emperador estaba desnudo, y como todos lo sabían, se acabó el juego y el tonto que aún tenía la patata caliente en la mano se tuvo que quedar con ella.

La primera reacción de los Estados cuando los bancos se vieron inundados de “activos” que de repente no valían casi nada fue la peor posible: tratar a los bancos como víctimas inocentes.

Los bancos sabían perfectamente que esos activos eran demasiado opacos, demasiado complejos, y que sencillamente no hay modo de paquetizar hipotecas basura de modo que salgan bonos de alta calidad (la mierda bien ordenada, con perdón, sigue sin ser dinero). Cuando hasta el Economist sabe algo, lo saben todos los analistas. Y en este caso, era vox populi.

Pero los Estados no tuvieron las narices necesarias para dejar que los inversores se comieran las pérdidas sin más. Algunas razones eran buenas (el daño a los sistemas financieros si se producían grandes quiebras podría perjudicar a la economía), otras menos. Al final, tuvieron que intervenir, pero en la mayor parte de los casos no lo hicieron por la vía clara y directa (tanto te presto, tanto me debes o me das de tu capital) sino por vía de subsidios: en Europa y España, prestándoles dinero a tipo mínimo para que ellos pudieran prestarlo más caro y ganar muchísimo. De ese modo, los bancos y cajas españoles han podido rehacer, en parte, sus ratios de capital (su solvencia)… sin tener que dar nada al Estado a cambio y sin que a sus accionistas les duela.

Esas subvenciones cuestan dinero. Y esos rescates (en el Reino Unido o en Irlanda o Islandia, donde los han hecho como es debido, y hasta en EEUU) cuestan dinero también. Y cuando no fue suficiente, y en los países más frágiles los bancos sin liquidez no pudieron prestar dinero a los ciudadanos y la economía empezó a resentirse (véase, en España), los Estados empezaron a echar más dinero al fuego: medidas “de estímulo”, gasto público, obras públicas, subvenciones a lo que fuera.

En los países más sólidos, con un poco de rescate bancario y otro empujoncito de estímulo, las economías se pusieron en marcha: véase Alemania, o Francia. Pero en los más frágiles, el coste de estas maniobras fue demasiado y elevó los niveles de déficit y deuda. Grecia y Portugal se encontraron con que debían más de lo que podían devolver, y Chipre va de camino. España está cerca del límite (debe menos que Italia, pero también gana mucho menos).

En circunstancias parecidas, si un Estado no puede pagar sus deudas, las “reestructura” o impaga: obliga a sus acreedores a aceptar una rebaja en el dinero debido, o un aumento de plazo, o ambas cosas. No hace mucho lo hizo Argentina por última vez; no es algo recién inventado, aunque hace mucho tiempo que nadie lo hace en Europa.

Por supuesto, el interés que piden los acreedores (también conocidos como inversores en deuda pública) es más alto cuanto más probable parece que un país no pueda pagar: así compensan el riesgo. Es decir, no son tontos ni ciegos, sino inversores que juzgan una oportunidad de invertir y su riesgo.

Pero la Unión Europea ha decidido que no se puede permitir que un Estado miembro “reestructure” porque sería “malo para el euro”. La razón real es que los inversores en bonos griegos (y portugueses) son por abrumadora mayoría los bancos franceses y alemanes. Así que los Estados de la Unión se han puesto a “ayudar a pagar” a los griegos y portugueses. Primero, prestándoles dinero a cambio de un programa bestial de reformas. Luego (visto que no basta) disimulando, pero aceptando una reestructuración por la que los Estados cobrarán menos y más tarde de lo acordado, y los particulares “voluntariamente” también un poco. Y así seguimos hasta que se imponga la evidencia.

Mientras, ese coste de andar rescatando otros Estados está haciendo daño a las cuentas de los más solventes. Italia ha empezado a asustar. España, que todo el mundo teme sea insolvente (por deuda pública oculta en autonomías y empresas, y por el coste pendiente de desenladrillar el sistema financiero), está en muy mala posición, con los inversores pidiendo más y más interés por su dinero… y lo que es más grave, desde esta semana, hasta Francia está empezando a despertar dudas.

En resumen, el ejercicio de “salvar al vecino a costa de ahogarme yo” tiene un límite, y está muy cerca. Si siguen haciendo el indio, en lugar de dos reestructuraciones y media vamos a tener una crisis general en la UE.

¿Y en EEUU?

Allí se han juntado una deuda enorme y una reacción desproporcionada. EEUU tiene un problema de exceso de deuda desde hace mucho tiempo, pero se ha venido librando porque su moneda es la de referencia a nivel mundial. El mecanismo es complejo, pero digamos que gracias a eso, si imprimen dinero para pagar deuda, las consecuencias no son como en el resto del mundo.

Ahora bien, entre ese exceso y el tratamiento de Obama a los inversores y los bancos (generoso), y su reciente extensión de derechos sociales pagados por el Estado a millones de estadounidenses (reforma sanitaria), se ha producido una reacción ultraconservadora que mezcla la alergia a esa deuda con la alergia (menos loable) a pagarla con impuestos. El Tea Party es un movimiento irresponsable que quiere reducir el Estado estadounidense, al tiempo que consagra la estructura fiscal actual que favorece a los más ricos.

Los del Tea Party han agarrado a Obama por los más sensibles, y cuando ha acudido al Congreso para una operación rutinaria (autorizar el pago de gastos ya comprometidos, subiendo el techo de la deuda como se ha hecho siempre) se ha encontrado con una negociación a punta de pistola. Y Obama ha entrado al trapo, en lugar de denunciar la extorsión: ha creído que podía negociar con los fundamentalistas un “grand bargain”, una reducción de los gastos sociales desmadrados de EEUU, a cambio de una racionalización del código fiscal. Ha acabado sin camisa, zapatos ni cinturón, y le han dejado los pantalones por puritanismo.

Las agencias de rating venían avisando de que la deuda de EEUU es cada vez menos sostenible, y al ver que los políticos hacen esa exhibición de irresponsabilidad (la segunda: el último presupuesto fue parecido, y hace nada se consagraron los recortes “temporales” de Bush), los de Standard & Poor han decidido ser los primeros en decir que el Emperador está desnudo.

Lo grave no es que lo digan. Es que lo está. Y (de nuevo) lo sabe todo el mundo, diga lo que diga.

El problema de fondo

El verdadero problema es que, tanto en el caso de los inversores en hipotecas basura como en los bancos españoles metidos a promotores, como en los inversores en bonos de estados pródigos, venimos (“los Estados vienen”) tratando al inversor como si fuera inocente. Estamos evitándoles pérdidas a bancos e inversores que han asumido un riesgo muy alto, y a cambio de él han tenido un rendimiento serio. Sin embargo, cuando las cosas salen mal, viene papá Estado y paga la comida a costa de todos los contribuyentes.

Eso se llama “privatizar los beneficios y socializar las pérdidas”, y es insostenible económica y moralmente. Así no funciona el capitalismo, ni la democracia, ni nada. Así se hunden los países. Así se incuban los populismos, los 15-Ms y los desastres a largo plazo. Como los diez años perdidos y el desastre social de Japón.

No olvidemos que estamos en mitad de un cambio de tercio en el equilibrio económico y político mundial. Los “países en desarrollo” ya producen más del 51% del PNB mundial, de acuerdo con el Economist de este viernes. Y (con salvedades) no están haciendo el idiota como demasiadas de las economías desarrolladas. Hasta los árabes están despertando. En un momento como éste, Occidente no puede seguir mimando a sus especuladores a costa de contribuyente, ni viviendo con dinero que no tiene. Ya debemos a los “países en desarrollo” hasta la camisa (al menos, EEUU se la debe a China: la deuda española es menos apreciada).

Va siendo hora de dejar que cada palo aguante su vela, salvo donde existen acuerdos en contra. La UE no tenía compromiso de subvencionar a Grecia, ni a España. Si hay que “reestructurar”, reestructuremos. Si eso supone que el coste de la deuda sube, bien, ahí está Argentina para demostrar que se puede hacer y seguir viviendo, y si hay que racionalizar el sector público español, ya va siendo hora. Si no lo hacemos así, el peso de los insolventes derribará a los que no lo son, y acabaremos sin nada en que apoyarnos.

En España, si hay que poner un duro más en un banco (o Caja), que sea como en Banesto: a cambio de capital, a costa de los accionistas, y mandando a los responsables del desastre a la cárcel. Si seguimos mimando a los que han invertido mal, lo volverán a hacer.

Y si seguimos pensando que ahorrar dinero en el sector público es algo que se hace fusionando consejerías o ministerios y cambiando de despacho a doscientas personas, nos engañamos. El coste de verdad no son los altos cargos sino masas de personas cuyo trabajo aporta mucho menos valor que lo que nos cuestan, ya sea porque se triplica en las diferentes administraciones o porque directamente no hace ninguna falta (pensemos en programas de fomento de idiomas regionales o en las diputaciones de las regiones no forales, o en decenas de departamentos de Informática haciendo lo mismo decenas de veces por separado, o pagando fortunas a Microsoft por no saber ni qué contratos tienen). Racionalizar la administración pública no es algo que se pueda hacer con lápiz y papel ni en dos meses, ni algo que podamos permitirnos no hacer.

Lo malo es que ya es tarde

Este análisis que tanto alababan ayer no es nuevo, ni es algo que no sepan todos y cada uno de los que saben algo de estos temas (cada analista serio, cada responsable económico, entre ellos); otra cosa es que lo admitan en público. Y cuando unos lo dicen, otros lo niegan para tranquilizar “los mercados”. Lo dijo Pizarro, lo negó Solbes, y la gente prefirió creerse que la casa no estaba en llamas.

Lo malo es eso: que sabiendo lo que hay que hacer, otras cosas (la “credibilidad del euro”, el miedo a “la crisis en los mercados”, o la presión de mantener el crecimiento económico contínuo como sea para seguir ganando elecciones) han tenido más peso en las decisiones.

El daño está hecho, ya han empujado las economías occidentales por el precipicio. Ya no nos salvamos del golpe. Lo que queda es coger buena postura y aprender, porque hay quien sigue defendiendo que esta crisis es externa y cosa de los “ninjas” americanos. Y no. Eso es simplemente una pequeña parte de lo que está pasando.

No sé lo que acabarán haciendo los Estados y los dirigentes. Sí que sé que mientras sigan mintiéndose, y mintiéndonos, sólo alimentan errores y reacciones ciudadanas contra el sistema que nos ha llevado, en tres cuartas partes de Occidente, a depender de irresponsables de este calibre. Hagamos lo que hagamos, cambiemos éso.

Y sobre todo, no nos creamos por encima de los mercados (la realidad) ni dejemos que los financieros estén por encima de los intereses de los ciudadanos. El capitalismo consiste en que quien asume el riesgo, participa en el beneficio… o pierde lo que apuesta. Un sistema “capitalista” que no juega según esas reglas es una corrupción insostenible.

Comentarios

3 comentarios en “Menos ninjas y más claridad: sobre la crisis occidental y el capitalismo

  1. Te olvidas de temas como la propia estructura financiera intracomunitaria. Desde que hemos entrado, nos han subvencionado carreteras, puentes, infraestructuras… Claro, porque los alemanes son jilipollas y nosotros muy listos. Pero resulta que mientras tanto, hemos tenido que reducir nuestra capacidad productiva. La oliva, la leche, la pesca, el azucar… nos han OBLIGADO a bajar nuestra capacidad productiva. El caso del azúcar se puede extrapolar a todos los demás: España consume 1,5m de toneladas de azucar y produce 1m. La CEE obliga a España a bajar a 0,5m su producción… y es que Alemania produce 17m y necesita compradores…

    No nos engañemos. Europa es una mentira. Y las infraestructuras que nos han pagado facilitan sobre todo nuestras importaciones. Para nosotros resultan cómodas, pero a ellos es a los que más ha favorecido económicamente.

    Tenemos que salir de la CEE, pero de forma bien planificada y sin prisas. Ese ha de ser el principal objetivo si queremos recuperar nuestra capacidad productiva y no basar nuestros ingresos en turismo y ladrillo.

    Publicado por Javier Pazó | agosto 11, 2011, 12:34 am
    • ¡Pero Xabi! ¡Serás populista! ¡Anacoluto! ¡Bachibuzuc! ¡Euroescéptico!

      No estoy de acuerdo con el diagnóstico ni con la prescripción, aunque es evidente que ni todo lo que viene de la UE está bien hecho (especialmente la PAC) ni le hemos sacado todo el partido que otros periféricos, como Irlanda, ni hemos sabido manejar las presiones del euro sobre los precios… pero nos ha venido realmente bien. Las sumas (netas ;-)) son impepinables, y el efecto en la legislación, acceso a mercados, coste de deuda… también.

      Publicado por Miguel | agosto 11, 2011, 8:46 am

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