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Español, Política

Cuando llegue la revolución…

Una de mis novelas favoritas, de PG Wodehouse por supuesto, tiene de coprotagonista a un mayordomo que se pasa el tiempo rezongando “Comes the revolution…“. Cuando llegue la revolución.

Las revoluciones son cosa de toda la vida. Las había en el siglo XIV y las hubo en el pasado, y las sigue habiendo en éste (véase Túnez). No siempre son violentas, pero es raro que nadie salga herido. Son la reacción popular ante abusos persistentes que no parece que vayan a corregirse, porque la cura está en manos del beneficiario.

Las “revoluciones” no tienen porqué ser cambios a mejor. Pensemos en el modo en que los italianos acabaron con su partitocracia corrupta hace unas décadas. Mani pulite, hundimiento de la democracia cristiana y los partidos tradicionales. Reforma de la constitución y la ley electoral. Y triunfo de Berlusconi, tanto que da pena ver las instituciones italianas ahora… y parece sensato votar a Griglio. O pensemos en Egipto y su cambio de dictaduras. Pero lo cierto es que en ambos casos, el abuso que las causó ya no está ahí.

Si vamos un poco más atrás, pensemos en el hundimiento de Weimar. O el de la república austríaca en la que fue ministro Schumpeter. Las soluciones a veces son peores que el problema. Pensemos en los espadones españoles, o en Hugo Chávez. Son respuestas a abusos reales, a problemas reales. Pensemos en la ultraderecha actual en Europa Central, en los aislacionistas británicos, en los xenófobos de Holanda. Esas cosas no “pasaban”. Pasan.

Hoy he visto dos cosas que me lo han recordado. Una, una infografía que pone forma a la distribución de la riqueza en los EEUU. Algo que se está yendo de madre desde hace años, como señala con insistencia el Economist y el sentido común. Lo que era una razonable meritocracia se está convirtiendo en el patio de juego de una oligarquía, en la que la concentración del dinero en pocas manos y su proximidad a la clase política (a menudo la misma gente en diferentes etapas de su vida, véase los Bush o Meg Whitman, por no mencionar a Romney) están haciendo que no sólo la movilidad económica (la soñada “upward mobility”) desaparezca, sino que la población se desencante con el sistema. La forma en que los políticos tratan la fiscalidad de las grandes fortunas allí es… incalificable.

La otra es un intento de escurrir el bulto por parte de un líder (cuyo trabajo, si breve, fue admirable e irreprochable), poniendo la culpa de la crisis a los pies de los ciudadanos. Sí, es muy cierto que “tenemos los políticos que nos merecemos”. Pero quien asume la vocación de liderar a sus conciudadanos no lo hace sin responsabilidades. El gobierno no está para seguirnos la corriente, sino para hacer lo que debe hacerse. Que el pastor eche la culpa a las ovejas cuando se despeñan por un barranco no sólo es patético, es irresponsable (y cuando acaban en el matadero es directamente cínico). Los gobernantes tienen la obligación de estar informados y de pensar en lo que tienen delante. Es completamente falso que la burbuja inmobiliaria no se viera venir. Es completamente falso que nadie dijera nada. Y es completamente hipócrita esperar que el ciudadano medio, como el bancario medio, decida inhibirse y no correr a hacer dinero cuando sus jefes, su gobierno, su banco central actúan como si lo que pasa fuera lo natural. Quien no tiene más datos, cree lo que quiere creer.

Me consta que un miembro del equipo de Miguel Sebastián (economista de confianza de Zapatero, entre otras cosas) dejó ese equipo porque no querían oir lo que decía. ¿Era el único? No se lo cree nadie. ¿Alguien quiere creerse que los profesionales bancarios y los académicos no sabían que los precios eran insostenibles, cuando hacían falta hipotecas a 50 años por más del 40% de los ingresos familiares totales para pagarlos? Hace falta mucha voluntad para creérselo. Hace falta equivocarse mucho para echar la culpa al ciudadano (al que no tenía otra opción si quería casa, al que confiaba en su clase dirigente para que las cosas siguieran bien).

¿Cómo se sale de ésta?

En España, parte del problema está resuelto. Tenemos gente técnicamente competente a los mandos.

Pero el problema no está sólo en el timón. El barco está deformado, carcomido, y la brújula es sospechosa. La tripulación (sí, los ciudadanos: el que rema no es el  político ni el funcionario, sino el que paga impuestos) no confía en los mandos. Y hace bien, porque tienen un historial de corruptelas notable. Cosas pequeñas, irregularidades, abusos que no parecían tener importancia. Préstamos condonados, chistes sobre concejales de urbanismo, pesebres en cajas de ahorros, jubilaciones demasiado generosas, reformas ministeriales que respetan todos los puestos de trabajo y dicen ahorrar. Cosas que recuerdan el caso del diputado (y exministro) británico que pasaba como “gastos de alojamiento” las obras de reparación de su castillo familiar. Sin incumplir la letra de la ley. Acabó en la calle, claro. Le dimitieron.

Aquí, no. Aquí dimiten pocos, pero es que los que mandan fuerzan muy pocas dimisiones. Excepto en una sola legislatura, aquí no ha abundado algo esencial para el buen gobierno: el ejemplo.

¿Resultado? Todos sabemos que para limpiar esto hay que saltar al ring. Y nadie quiere hacerlo. Porque todos pensamos que mancha.

Y cuando nadie quiere usar el sistema para reformar el sistema, es cuando empiezan a hacerse fuertes iniciativas externas. Peticiones populares. Movimientos. Grillos. Pim Fortuyn en Holanda, como poco. Estas cosas pasan y (recordemos) no siempre para bien. Aunque al menos limpian el establo.

La única cura conocida es bien sencilla, y a veces se da. Que alguien, en el sistema y normalmente en el gobierno, agarre el toro por los cuernos, asuma la responsabilidad y emprenda la reforma desde dentro. Una reforma que tiene que empezar por la ejemplaridad y seguir por la buena gestión. Sólo desde la legitimidad se puede reformar de verdad el sistema; sólo cuando tienes el respeto de tus conciudadanos puedes aspirar a romper la inercia de un sistema que ha decepcionado, de unos colaboradores que (sean técnicamente buenos o no, leales o no) deben ser dimitidos. De unas leyes (de la función pública, de la contratación pública, de la administración local…) que se han prestado a abuso por parte de sus beneficiarios actuales. De unos jueces que esquivan su trabajo, o unos profesores que dan miedo. De unos sindicatos más casados con el sistema que los verticales. De un sistema autonómico ideado para comprar la colaboración de muchos, no para el mejor gobierno de todos.

Cuando el mensaje es claro, se entiende. Y la mucha buena gente que trabaja en política y en la administración y sigue no sólo las reglas, sino el buen sentido, se sentirá respaldada y reivindicada y posiblemente hasta colabore. En lugar de enfangarse resignadamente porque no hay otro modo de hacer las cosas que hace falta hacer.

Si no se reforma desde dentro, la reforma llegará desde fuera. En forma de votos a partidos populistas, de votos de castigo, de desconfianza empresarial, de crisis más larga de lo necesario. De sentencias y quizá hasta de secesiones. Será confusa, contraproducente, larga. Como revolución, además, será seguramente decepcionante. Al final, el problema actual será purgado, pero el precio (y el tiempo) no será el mismo.

¿EEUU? Bueno, quién sabe. Si no se reforman, dejarán de ser eficaces. Y si dejan de ser eficaces, no serán importantes. Aquí, sólo los traigo a colación como demostración de que un país serio y democrático puede hacer las cosas profundamente mal en algunos aspectos clave. Y de que las cosas no se arreglan solas. Si las dejamos, se pudren.

No seamos ingenuos. El mundo no funciona solo. Las ovejas no marchan por su cuenta. Los que marcan el camino son personas (en concreto, los que deciden asumir la responsabilidad), y más nos vale a todos que se tomen su trabajo en serio. Pronto. Beeee.

Comentarios

2 comentarios en “Cuando llegue la revolución…

  1. Muchas gracias Miguel por tu comentario y alusión en tu blog, me siento halagado cuando te refieres a mi como líder. No soy digno de tan alta consideración, y no me siento como tal..

    Dándote la razón en el núcleo de tu reproche, permíteme que te corrija tan solo en que no descargo la culpa en la ciudadanía, no, en el primer párrafo lo hago en los políticos. Tan solo trato de mostrar a la gente que ésta se sale trabajando y reconociendo los errores.

    Un saludo, gracias de nuevo, y tu disposición.

    Publicado por guzmangarmendia | marzo 25, 2013, 6:01 pm
    • Me alegro de leerlo :-), y gracias por aclararlo.

      Sobre el liderazgo en cuestiones de gobierno abierto (sobre todo en comunicación con el ciudadano y open data, pero también en cuanto a experimentación con participación ciudadana) creo que no exagero nada.

      Publicado por Miguel | marzo 26, 2013, 11:46 am

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