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Español, Política

Actualidad Económica: pensando con la cartera (llena)

Hay veces que el contraste hace que las cosas aparezcan más serias de lo que son. Las editoriales de Actualidad Económica no suelen ser para tirar cohetes, ni para tirarles trastos a la cabeza. Así que es probable que la razón por la que la de esta semana me parece imperdonable probablemente tiene que ver con estar leyendo la autobiografía de Theodore Roosevelt. Un libro que no sólo es muy divertido (de verdad) sino muy educativo sobre el mundo de hace un siglo, el papel del dinero y los políticos en sociedades que no están tan lejos. Roosevelt fue (entre otras cosas) republicano, pero en el sentido de Lincoln: reformista radical, usando el Estado para lograr el bien común. Y se explica que da gusto.

Pero a lo que iba. El número de Julio de AE abre con una editorial sobre la conveniencia de “pensar siempre en bajar los impuestos”, que rezuma una ideología individualista, a mi entender tanto antisocial como irresponsable. Una ideología que pretende ignorar la experiencia de lo que pasa cuando, en nombre de la libertad de cada uno para ganarse la vida y conservar los frutos de su trabajo, se ponen en cuestión cosas mucho más importantes.

Algunas frases son indicativas. “Los impuestos constituyen un mal en sí mismo”, en los que el Estado toma “por la fuerza” una parte de los resultados “del trabajo” de los ciudadanos. Que no nos gustan a nadie es evidente; que sean un mal en sí mismo es muy discutible. En tanto los impuestos sean un medio necesario para conseguir un bien (o muchos), en tanto que sean justos y bien usados, no creo que se les pueda considerar “un mal”.

Pero es que el editorialista niega la legitimidad del Estado para recaudar, basándose en que al hacerlo “reduce la libertad individual” del ciudadano de gastar lo suyo en lo que quiera. Son, a su entender, “trabajos forzados” sin compensación alguna. Me parece increíble, en una sociedad moderna, que un editorialista serio plantee que la actividad del Estado no supone “compensación alguna”. ¿Ha oído hablar de colegios concertados, carreteras o asistencia médica básica gratuita?

Y no se acaba ahí. El editorialista se rasga las vestiduras ante los impuestos específicamente porque sirven para redistribuir ingresos (presentando una parte de su función como el todo, un recurso retórico bastante básico). Arguye que en el mercado, los ingresos de cada uno provienen de otro que se lo da, y “por definición, los resultados de ese proceso de cooperación voluntaria no pueden ser injustos“. Algo que no sólo se cae por su propio peso (a poco que se conozca teoría económica) sino que resulta ridículo, hasta ofensivo, a la luz de la Historia.

Incluso si, como el editorialista, se cree que “cada persona es un fin en si misma” y que “la sociedad no es un ente abstracto con vida propia, sino una asociación de individuos con existencias separadas, con preferencias y con aspiraciones diferentes”, la traducción de este individualismo a la falta de legitimidad de los impuestos y de las políticas redistributivas roza los límites creíbles del egoísmo por el lado de fuera.

En primer lugar, la libre actividad social y económica humana no es posible, en ninguna escala significativa, sin un marco legal efectivo (véase Somalia si se quiere un ejemplo). Eso se llama Estado, y sus actividades no se generan gratuitamente, por lo que es evidente que es legítimo que a los ciudadanos, y a las empresas, se nos exija una participación en los gastos.

En segundo lugar, la capacidad de negociación de todos no es la misma. En ausencia de un marco legal y social avanzado, del tipo que no lleva existiendo en Europa ni siquiera un siglo, la propiedad de los medios de producción supone una ventaja enorme que ha redundado ya, en el pasado, en unos abusos que ahora nos parecen increíbles. La diferencia asombrosa en las rentas que vemos ahora no es nada comparada con lo que podíamos ver a comienzos del siglo XX, cuando la remuneración del trabajo era mucho menor y los márgenes sobre el mismo mucho mayores. Conseguir que las condiciones de trabajo sean humanas (desde la seguridad a las horas máximas pasando por la edad mínima), que exista un seguro de desempleo, que los camareros se puedan sentar… son cosas que no han surgido por la bondad del empresario, ni por la justicia del mercado. Sino por la intervención del Estado.

El mercado no es justo. Todo lo más, aspira sin éxito a ser eficiente.

“Justicia” es dar a cada uno lo que merece, por ser quien es y por hacer lo que hace, y siempre es opinable. “Mercado” es darle a cada uno lo mínimo posible por lo que está dispuesto a hacer su trabajo (o a poner su dinero). Quien olvida esas definiciones, patina imperdonablemente. Quien las ignora e intenta confundir a sus lectores, pensando que halagándoles la cartera va a ganar ventas, patina: demostrar insolvencia intelectual no es la forma de lograr que paguen por tus opiniones.

Roosevelt se las vio con editores, intelectuales y políticos que, ante el ataque del Estado reformista, defendían el privilegio de unos pocos con los mismos argumentos; llevan desbancados al menos desde entonces (podéis encontrar el libro gratis en iBooks y en casi cualquier librería online seria). Se podría escribir un tomo citando casos y ejemplos, o hablando de las ineficiencias de los mercados, o de la naturaleza del Estado y la sociedad; podríamos hasta meternos en las Encíclicas que tratan el tema, que son jugosas. Y se podría demostrar que es posible defender la bajada de impuestos sin basarse en filosofías como la citada. Pero me da que lo voy a dejar en no volver a comprar Actualidad Económica.

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